Nunca, desde mi cuna hasta la tumba,
dejaré que ninguna dificultad me hunda.
Antes de salir de la calle peatonal vemos un mimo. Va vestido como un duende de los cuentos fantásticos, entero de dorado. Le echamos una moneda y comienza a moverse lentamente. Saca de sus bolsillos unos polvitos brillantes, los sopla en nuestra dirección y nos envuelven. Le decimos adiós y, en el último instante, antes de volver a su postura inicial, veo cómo me guiña su pequeño ojo, con el que desde su posición, permanentemente inmóvil observa todo el mundo que siempre gira y nunca para.
Nos sentamos en un banco y me pongo a pensar en todas aquellas personas que hemos visto trabajando y entreteniendo a la gente en la calle. Parecen gente maravillosa, pero en sus ojos se puede ver que lo pasan mal, que cada noche sueñan con una vida distinta, más feliz y fácil. Les gusta que la gente disfrute con sus espectáculos, pero no el tener que trabajar o vivir en la calle. Tienen capacidades que mucha gente no tiene y mucha otra desearía poseer; son artistas, pero no están reconocidos. En la sociedad en la que vivimos es difícil ser diferente a los demás, hacer cosas nuevas. Es mejor que todo el mundo vista igual, con sus trajes y corbatas, incómodos tacones y que todo el mundo tenga su maletín lleno de papeles desordenados. La gente no busca hacer feliz a los demás, se conforma con su propio éxito, se mueve sólo por su interés. En cambio, si abrimos los maletines de toda esta gente que trabaja en la calle, encontraríamos unas pocas monedas, sueños, ilusiones, marionetas, risas, varitas mágicas, música, dibujos, disfraces, esperanza...
A la derecha está el Palacio de Oriente y me invento una historia sobre una princesa muy bella con la piel morena llamada Asiya, que significa reina de una dinastía poderosa, que llegó a Madrid tras un largo viaje desde el lejano Oriente y se enamoró de la ciudad, por lo que mandó que se le construyera este palacio. Pones cara de no creértelo mucho y mientras me das una castaña pelada me dices: “¡Tú sí que eres una princesa!”.
La siguiente imagen fue tomada meses después por el español Luis Davilla. Esta no ganó ningún Pulitzer, ni provocó un gran dilema. Ambas imágenes podrían haber sido tomadas en el mismo instante y, sin embargo, un pequeño detalle, unos collares, hace que parezcan realidades relativamente distintas.
Con un lenguaje sencillo, letra grande y capítulos muy breves, el malagueño José Carlos Carmona nos encandila con una maravillosa historia. El autor de Sabor a chocolate, nos narra esta vez, en Sabor a canela, la vida de Cecile, una niña que con tres añitos decidió que de mayor sería directora de orquesta, profesión que en esa época solamente era desempeñada por hombres. Cecile recorrerá numerosos países buscando a su madre. Sufrirá numerosas desgracias, una traición y conocerá a su verdadero amor, siempre acompañada de su violonchelo azul.“HAY RAZONES PARA CREER EN UN MUNDO MEJOR”.